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El Rey de los Niños

Entre viejos papeles encontré una traducción, hecha por mi padre, Luka Brajnović, de un relato escrito originalmente en croata en su libro Priče iz Djetinstva (Cuentos de la infancia). En él aparecen las aventuras de un pequeño de unos cuatro o cinco años (probablemente él mismo) en su Kotor natal. Lo he ido publicando por entregas en varias entradas del blog y ahora quería dejarlo completo en esta página para los que tengáis un poco de tiempo y queráis dedicarlo a leerlo todo seguido. Se titula El rey de los niños y nos trasladamos a los años 20 cuando los chicos se reunían en los jardines  y plazas a jugar a soldados con espadas de madera y sombreros de papel en una localidad como Kotor llena de palacios antiguos de dinastías de nobles y capitanes de barco.

Miedo

Al lado de una iglesia abandonada, cerca de los grises muros de la ciudad, un lejano pariente de mi madre tenía un gran palacio de piedra, que era tan gris y antiguo como la noble iglesia y los baluartes que estaban junto a ella. Vivía allí solo con su hija a la que no había visto en mucho tiempo. Hacía poco había vuelto de Viena donde acompañó a su padre que tuvo que recibir un tratamiento médico y ahora sólo se dedicaba a cuidarle. A él  le solía sorprender de vez en cuando hablando con mi madre. Entonces sentía como si se me helase la sangre en las venas con un terror inexplicable.

Era muy alto y muy delgado. Siempre vestido de negro. De rostro rígido y ojos hundidos, que siempre estaban cubiertos de sombra, así que ni se distinguían. En una mano llevaba un bastón negro y delgado con un puño labrado en plata y en la otra la correa de un gran perro lobo que le acompañaba siempre. De ese silencioso perro tenía más miedo que de su amo.

Cuando entraba en una habitación, el pariente ni me apercibía, como si no existiera. Yo estaba profundamente convencido que él odiaba a los niños y que venía para robarme y llevarme consigo a su oscuro palacio. Por eso siempre procuraba enterarme por lo menos de algo del contenido de sus conversaciones con mi madre, pero nunca conseguí sacar nada en limpio. Siempre hablaba de pie, muy breve y fríamente y me parecía como si estuviera martirizando a mi madre.

La visita

Un día le vi hablando con mis padres, pero no parecía tan severo y raro como de costumbre. Aquella tarde estaban sentados los tres en unas butacas (por ningún lado se veía al perro o al bastón). Delante de ellos había unas copas con una bebida de un color rojo brillante. Mi padre se reía mientras conversaba (él siempre se reía y hablaba socarronamente) y a mi me pareció que las cuencas de los ojos del huésped habían revivido y que las facciones de su cara se habían suavizado. Tan pronto como entré en la habitación preguntó si era yo el que cruzaba el dintel y sonriendo  me llamó para que me acercara a él. Pero yo me apretujé contra mi madre y no quise avanzar.

-No seas salvaje- me susurraba mi madre y me empujaba despacio -¡Vete a saludar al tío!

Me iba acercando a él, temeroso y desconfiado, pero él pacientemente tendía los brazos para estrecharme entre ellos. Sentía inseguridad, pero no podía creer que mi madre me fuera a traicionar abandonándome a la ligera a él. Yo seguía casi convencido de que el tío había venido a robarme.

Cuando me besó, me pareció como si me hubiera rozado con un acero delgado y frío. Me sentía incómodo y por poco rompo a llorar. Enrojecí al darme cuenta y también de rebeldía por tener que obedecer a los mayores a pesar de iba contra mi voluntad y mis deseos. Temía que me retuviese más a su lado y tan pronto como me dejó un resquicio escapé hacia mi madre.

Entre tanto ellos seguían con su conversación. No me atreví a preguntar nada y solamente entendí que mi padre había hecho un gran favor a mi tío pagando por él una deuda y librándole de una hipoteca. Estoy seguro de que el invitado dijo varias veces a mi padre:

-Tu, querido Juan, me salvaste de la vergüenza  y de la muerte.

Por la sonrisa que se dibujaba en los labios de mi padre saqué la conclusión de que ni él, como tampoco yo, apreciaba esa gratitud. Pero quizá en esa sonrisa expresaba la alegría de haber podido ayudar a un pariente de mi madre. Yo ni pensé en ello. Pero me llené de orgullo convencido de que mi padre podía salvar de la vergüenza y de la muerte a quien quisiera.

Como queriendo confirmar mis pensamientos, mi tío dijo:

-Sabía que me ibas a ayudar.

Seguía atentamente cada palabra y movimiento suyo. Escudriñaba en él buscando en su cara algo que me agradase. Pero él para mi seguía tan misterioso como una sombra superflua a cuya presencia me iba acostumbrando.

La invitación

Cuando se levantó, a mí me pareció que recobraba aquella expresión que tenía cuando hablaba a solas con mi madre. Estaba tieso, con el ceño fruncido y esperando sin palabras que mi padre le alargase el bastón. Algo cruel y duro le ensombrecía el rostro.

Espero que nos visitará pronto -le dijo mi madre.

El tío sonrió:

-Quizás… Pero sus hijos podrían venir a mi casa para llenarla de alegría… Visna está siempre sola y su compañía le agradará.

Sus palabras sonaban humildes y apacibles.

Me extrañaba de todo y más de que mi tío hablase así, cordialmente, con mis padres, que me besara, que mi padre le diera el bastón y que nos hubiera invitado a mis hermanos y a mi a su casa. temblaba solo de pensar que nos pudieran dejar ir a aquél oscuro palacio en el que, según mi entendimiento, solamente podían vivir viejos misteriosos parecidos a él.

Visna

Mis hermanos gritaban de alegría cuando supieron que el tío Isidoro nos había invitado. Emocionados, aceptaron, mientras yo rogaba a mi madre que me dispensara de ir. Nada podía convencerme de que mi miedo era infundado y de que el tío era muy bueno y nos quería a todos. Tan solo cuando mis hermanos, después de unas semanas me contaron que en el jardín del tío se reunían muchos niños que ellos habían invitado, decayó mi resistencia.

No me acuerdo ya si acepté voluntariamente o simplemente me obligaron a que fuera. Pero recuerdo muy bien con qué miedo iba yo hacia aquél palacio. Me parecía que no iba a poder aguantar la tensión que me inundaba mientras aguardaba ante aquél oscuro portalón. Y cuando oí que crujían las pesadas puertas del palacio, desapareció todo mi valor y temblé, seguro de que en el umbral aparecería la negra y alta figura de mi tío.

Pero quien apareció fue una chica sonriente (era su hija Visna) y me pareció como si un ángel hubiera bajado del cielo para disipar mi angustia. Creí que presenciaba un milagro.

El preferido

Mis hermanos la saludaron con algarabía y corriendo a lo largo de un amplio y claro vestíbulo desaparecieron detrás de unas vidrieras a través de las cuales se veía el cielo azul  y las hojas oscuras de unos viejos naranjos. También yo quise correr con ellos, pero Visna me retuvo. Me levantó, me puso sobre la mesa del vestíbulo y mirándome fijamente a los ojos me dijo:

-Papá os quiere a todos, pero tu eres su preferido!

Papá… ese debe ser el tío -pensaba yo con angustia renovada en mi alma. Empecé a temer que me llevara a verle y que él me besara otra vez con sus labios fríos, pero Visna ni pensaba en ello.

-No me conoces ¿verdad? -decía sonriendo- Estabas en la cuna cuando te vi por última vez.

A mi me parecía que la conocía, aunque no podía recordar haberla visto jamás. Pero su cara sonriente y sonrosada me era familiar, su voz como si la hubiera escuchado antes y lo mismo podía decir de sus ojos negros y alegres. Se parecía a mi madre. Por eso tomé confianza con ella y le contestaba a todas sus preguntas sin titubear. Hasta le recité todas las poesías que me habían enseñado a declamar. Ella me ofrecía azúcar y caramelos y me llenaba los bolsillos de almendras. Consiguió borrar de mi alma hasta el último vestigio de desconfianza. Ya no pensaba en el ceño fruncido de mi tío ni en sus labios fríos. Empecé a querer tanto a Visna que de buen grado me hubiera quedado en el palacio el tiempo que ella quisiera.

El invernadero

Pero del jardín llegaba el griterío de los niños y esto era lo único que estimulaba mi impaciencia. Y ella, cuando descubrió todos mis deseos, me cogió por fin de la mano y me guió a través de las vidrieras para reunirme con los demás niños.

El jardín era mucho más amplio y bonito que el nuestro. en apretadas y rectas filas se alineaban naranjos y limoneros y las altas tapias de piedra estaban recubiertas de hiedra y rosales. Desde la casa partía un ancho camino enlosado hasta un pilar bastante alto de cuyos cuatro costados salía agua. Detrás de él se encontraba una casita blanca con amplias ventanas y una azotea en la que estaba instalado el invernadero. Esa casita me agradó mucho desde el primer momento, porque era blanca y pequeña y como construida a propósito para nuestros juegos.

El ejército de Beppi

Ya no era necesario mandarme con los demás- Sabía que allí me esperaban las almendras con las que Visna me llenaba los bolsillos y me quedaba triste si alguna vez tenía que faltar a la cita. Al principio me molestaba que los chicos no querían jugar conmigo porque era mucho más pequeño que ellos y aún ni iba a la escuela. Además, desde los primeros días demostré que no me gustaban nada sus guerras con los niños que jugaban en un patio próximo y por eso José, al que todos llamábamos Beppi, el más fuerte de los nuestros, me expulsó de su “ejército”.

-Tu podrás jugar con las niñas, pero con nosotros no – me dijo con la cabeza orgullosamente erguida riéndose con desprecio.

Pero yo no me apené , ni me molestó que mis hermanos obedecieran ciegamente las órdenes de José. No lejos del invernadero descubrí un rincón agradable y allí, en el césped con unas piedrecitas reproducía para mí el juego de los demás. Me gustaba más hacer a mi antojo lo que yo quisiera con mis “soldados” mudos e inofensivos, que ser un soldado raro en el ejército de José, siempre en peligro de que alguien me pegase.

Una tarde, ya bien entrada la primavera, – los naranjos habían florecido y despedían su olor embriagador por todo el jardín, – me sorprendió Visna en mi escondrijo divirtiéndome con mis piedrecitas y flores de naranjo caídas

-¿Qué haces? , me preguntó

-¿Estos son mis soldados! – dije temeroso sabiendo que una sola palabra despectiva sería suficiente para humillarme y herirme cruelmente.

-¿Por qué no juegas con los demás niños? – me preguntó con aquél dulce acento que empleaba siempre que hablaba conmigo.

Era desagradable para mi reconocer que Beppi no me admitía en sus juegos. Por eso dije:

-Es que Beppi es su rey…

Ella sonrió, pero su risa no enturbió mis ilusiones.

-Y tu quisieras ser rey ¿no es así?

Yo me quedé callado. Nunca había pensado en eso. Visna acercó por primera vez ese deseo a mis ensueños.

-¿Querrás jugar conmigo? le pregunté por respuesta- Serás la reina…

-¡Si!- respondió con entusiasmo. Se le iluminaron los ojos con una luz extraña. Me tendió la mano queriendo demostrar que aceptaba y entonces, como si le vieniera algo a la imaginación dijo:

Viaje a las tinieblas

-Antes tienes que adquirir aspecto de realeza: ¡Ven!

Entré con ella en el vestíbulo sin comprender sus intenciones. Pero ella, guardando silencio, comenzó a subir unas anchas escaleras que se perdían en la sombra.. Jamás me había conducido allí arriba.

En mi imaginación empezó a dibujarse la figura de mi tío que desde hacía tiempo no me atormentaba. Pero la escalera estaba vacía y silenciosa.

Arriba, en el corredor estaba todo aún más sombrío y silencioso. Nuestros pasos sonaban a lo largo del pasillo y se perdían tras las puertas cerradas de las estancias, como si se diluyeran en unos lejanos espacios hundidos en la oscuridad. Me parecía que Visna se iba transfigurando a cada paso en ese silencio y oscuridad y que su cara sonrosada cobraba algo del aspecto de mi tío. Sus ojos se velaron con una sombra profunda, desapareció la sonrisa de sus labios y yo sentía que su mano con la que sostenía las puntitas de mis dedos se iba enfriando.

El Tesoro del Rey

Las oscuras paredes revivían a cada momento en viejos espejos con marcos gruesos y dorados, por los que se deslizaban nuestras sombras como ánimas en alucinaciones de miedo y tenebrosa soledad. Y cuando esas sombras se diluían silenciosamente en la pared, aparecían como en unos ventanucos las pálidas caras y los ojos somnolientos de los retratos de antepasados con miradas rígidas, fijas en la sombra de la muerte.

En esa larga galería en la que todo, menos nuestros pasos, había enmudecido y se había difuminado en el suave olor de la antigüedad y de la húmeda piedra, se deslizaba únicamente la oscuridad y la incertidumbre. Allí vivían los muertos que en tiempos pasados cruzaron ruidosos esos espacios. Desaparecían y emergían de nuevo como destinos diferentes, amargos o felices, a través del tiempo infinito. Allí respiraban todos aquellos que nos miraban desde sus retratos en la oscuridad del corredor: incluso los primeros moradores del palacio que – Dios sabe cuándo – cerraron por primera vez las ventanas, ahora permanentemente oscuras, y se hundían en la tristeza.

La estancia

Por fin penetramos en una estancia tan oscura y silenciosa como todo lo anterior, situada al fondo del pasillo. Yo estaba totalmente invadido de un mudo terror y añoraba la perdida alegría del jardín. Temblaba y me sentía metido en una tumba de la que quería salvarme, pero mis deseos se hundían en el precipicio de mi angustia y se manifestaban en una extraña apatía que me dominaba. Ya no me importaba lo que fuera a ocurrir, demasiado cansado para defenderme, demasiado débil para huir.

Cuando cesó el ruido de nuestros pasos, me pareció como si todo se hubiese detenido en el tiempo: los latidos de nuestros corazones, la vida de los oscuros cuadros y la transfiguración de Visna.

Visna encendió una vela (pero no abrió las ventanas) y se retiró a u rincón al que no llegaba la luz.Yo, mientras tanto, rígido y como hechizado, miraba los antiguos y macizos muebles, los grandes paisajes de los cuadros colgados en las paredes y los candelabros de plata. Todo oscilaba al ritmo de la inquieta llama de la vela que se retorcía y enderezaba como si un tenue soplo  procedente de la oscuridad la acariciara.

En amplias vitrinas ante las que me detuve, se hallaban alineadas con gusto viejas armas labradas en plata, diferentes piezas de antiguos ropajes de terciopelo y seda roja y negra, bordados con hilos de oro y encajes acartonados por la acción del polvo y el tiempo.

Los ropajes del rey

Me acerqué a Visna con el deseo de sentir el calor de un ser vivo. Ella estaba sacando de un arcón antiguas prendas de seda y terciopelo parecidas a las de las vitrinas y respiraba como si gozase con el olor que desprendían. Cuando por fin encontró un corpiño rojo con mangas bordado con hilos y cintas de oro, se levantó de súbito, revivieron sus ojos y su cara recobró el color y gritó con alborozo.

-El rey debe ir ataviado de oro- dijo acercando la prenda a mi pecho como para tomar medidas.

Estas palabras sonaron en mis oídos como la llamada encantada de una vida nueva después de haber perdido toda esperanza. Más que eso. Habían devuelto todas mis ilusiones convertidas en un ensueño que hasta entonces ni había acariciado.

A pesar de todo temía pronunciar una sola palabra. Se hizo un nudo en mi garganta y me parecía que si murmurara algo iba a resonar tanto que se derrumbarían mis sueños. Pero cuando Visna recogió de nuevo aquél terciopelo rojo sin ponérmelo, no pude resistir más:

-¡No, no, no! – le suplicaba bañado en lágrimas, deseando que me vistiera pronto con mis nuevos ropajes.

Mas ella se rió:

-Es demasiado grande para ti. Te estrecharé el cuerpo, te cortaré las mangas y mañana serás el rey más guapo del mundo.

La entrada triunfal

Deseaba que atardeciera y dormirme lo antes posible para acercarme más deprisa al día siguiente. Pero no podía conciliar el sueño. Pensaba en las sedas y las cintas de oro del arcón y en la promesa de Visna.

Cuando por fin me quedé dormido, soñé que estaba sentado en un trono de muchos colores en el invernadero de mi tío y el forzudo Beppi, con la cabeza inclinada, se acercaba con los demás niños para darme fe de su obediencia y lealtad.

De repente, el invernadero se transformaba en una gran sala de mármoles (como las de los dibujos para niños en las que se ven reflejadas en los suelos las columnas, las personas y las cosas). En el fondo estaba yo sentado en un trono más grande y aún más bonito, hecho de piedras preciosas y adornado con telas bordadas de oro, mientras Beppi se transformaba en un verdadero capitán, vestido con ropajes de seda, cubierto con un casco plateado igual que los que solían llevar los bomberos en las grandes solemnidades.

Llegó el momento en que por fin entré en el jardín del tío, vestido con el corpiño rojo y las cintas de oro. Me parecía que mis ropajes brillaban con el sol y todo lo demás quedaba pálido y sin relieve. Los niños habían dejado de jugar y estaban asombrados. Todo el jardín enmudeció mientras yo marcaba el paso orgulloso por el amplio y enlosado camino hacia el pilar del que surgía el agua regocijándome en mi poder y riqueza. Hasta los soldados de Beppi empezaron a rodearme y mirarme maravillados. Palpaban mi corpiño como queriendo asegurarse de que lo que veían era verdad y no un sueño.

El rival

El último que se aproximó fue Beppi, pero no como lo vi en mis sueños. Se plantó ante mi con el ceño fruncido más altivo que nunca.

-¿quién te dio esto?

-Visna.

-¿Por qué te dio precisamente a ti un corpiño tan ridículo?

-¡Me dijo que en este jardín el rey soy yo!

Los niños empezaron a susurrar y me di cuenta de que había acertado con la contestación. Beppi me miraba con enfado. Se acercó aún más con una sonrisa nada amigable.

-¡Quítate esto de encima, mocoso! El que sea más fuerte será el rey. ¡Tu no!

Al decir esto me empujó tan fuerte que me caí al suelo violentamente. Pero en ese instante mi hermano mayor se abalanzó contra Beppi dándole un golpe en el pecho tan fuerte que el chico empezó a tambalearse. Acto seguido mi hermano estaba a mi lado en el suelo. Se movió todo el ejército, golpeaban los sables de madera, los chillidos se levantaban en el patio como si las fieras hubiesen entrado y alrededor de mi había cada vez más derribados.

Beppi se defendía como un hombre maduro y yo le admiraba y reconocía su valor, nunca lo pude ocultar. Pero temía su rabia y sus gritos. Cualquiera sabe cuál hubiera sido el desenlace de aquella batalla si no hubiera aparecido Visna en medio de todo ese jaleo.

La división

-¿Qué ocurre aquí? preguntó ella enfadada intentando separa a Beppi y a mi hermano que aún se estaban peleando.

-Beppi no quiere que yo sea el rey – me quejé

-¿Por qué? Visna tenía en ese momento tal expresión en la cara que creí que soltaría una carcajada, pero en lugar de eso le oí decir:

-¡Yo Quiero que lo sea!.

Entonces Beppi, acalorado por la pelea y el enfado, tiró el sable de madera a sus pies y contestó orgulloso:

-¡Pero yo no!

Y sin mirar a nadie salió corriendo.

Se hizo un silencio desagradable. Oímos el ruido de la puerta de la entrada que se cerró bruscamente detrás de él.

Nadie se había movido. Visna miraba azorada a los chicos como esperando a ver quién de ellos se atrevería a marchar. Pero ninguno eligió a José. Y, poco a poco, a sus ruegos, comenzó a moverse la pequeña tropa y el juego continuó. Por lo visto les gustaban más mi disfraz y los caramelos de Visna que la fuerza y la tozudez de Beppi.

Me ciñeron con el sable de madera desechado, colocaron delante de aquél pilar un tronco de madera para que me sirviera de trono, me sentaron sobre él y otra vez se pusieron a marchar al paso, a cantar a dar voces de mando, a hacer instrucción, sin mi ni mi participación. Tan solo a ratos, al pasar delante de mi me saludaban y gritaban algo y yo entonces blandía el sable. Con esto ya me consideraba contento y feliz. Mi sueño había sido realizado mejor de lo que haiba pensado.

Pero al día siguiente, toda mi dicha se deshizo como la suave neblina de la mañana con el sol. Beppi se había pasado al grupo de los niños del jardín vecino y los instaba a que nos declarasen la guerra. Y Visna precisamente aquella tarde no estaba en casa.

La batalla final

El miedo que me invadió era completamente diferente del que sentía cuando veía a mi tío y pasaba por los corredores de su oscuro palacio. Confiaba de verdad en mis “vasallos” que estaban ansiosos de saldar cuentas con los vecinos, pero me parecía que nadie podía enfrentarse a Beppi.

Mientras preparábamos la defensa, nos sorprendió el sonido de una corneta desde el otro jardín. (era la voz de un niño imitando el toque a batalla, pero a mi me sonó a algo terrible, como si fuera la voz del destino). En nuestro bando todos enmudecieron. Los niños se miraban unos a otros sin hacer nada.

Entonces llegó ante mi el hijo del jardinero que vivía con su padre en la otra ala del palacio, diciéndome con voz solemne:

-¡Permíteme que en tu nombre dirija esta batalla!

Tensión

No contesté. Que dirija la guerra el que quiera, pensaba yo. Miraba la pálida cara del hijo del jardinero y temblaba sobre mi trono como un junco en el agua. (Si hubiera sabido entonces que los reyes suelen emigrar cuando se encuentran en una situación difícil hubiera desaparecido del jardín a pesar del miedo que me daba la idea de irme a esconder a alguna de aquellas oscuras y silenciosas estancias que guardaban los retratos ennegrecidos en las paredes).

-¿Por qué le preguntas, Miguel? ¿No ves que el rey está asustado? – dijo mi propio hermano acentuando con ironía la palabra rey.

Pero Miguel blandió mi sable y uno del grupo sacando la cabeza de su escondrijo contestó al grito de guerra imitando a su vez el toque de la corneta. En ese instante, en la tapia que separaba los dos jardines aparecieron algunas cabezas de niños.

En nuestro jardín nadie se movía. Todos estaban escondidos tras los setos, en el invernadero o o tras los naranjos. Tan solo yo estaba a la vista de todos, rígido en mi trono. Miguel, a mi lado, escondido tras el pilar de la fuente, sostenía con una tranquilidad escalofriante la manguera de riego y esperaba que nos invadieran las fuerzas de Beppi. Pero ellos no se movían de la tapia como presintiendo una trampa. Les extrañaba no ver a nadie en nuestro lado.

El Ataque

-¡Saltad la tapia! -reconocí la voz de Beppi que animaba a los suyos desde el otro lado. – ¡Seguramente huyeron!

Empezaron los silbidos el griterío y los ruidos. Los chicos saltaban la valla como poseídos y luego se acercaban cautelosos hacia el centro del jardín. El último en saltar fue Beppi.

-¡Al asalto! gritó entre furioso y alegre.

Y todo el grupo de chicos salió corriendo hacia el sitio donde estábamos Miguel y yo.

El hijo del jardinero ni pestañeó. Abrió la llave y un fuerte chorro de agua sorprendió al ejército de Beppi. El griterío aumentaba. Los asaltantes caían, huían, gritaban, intentaban esconderse del arma de Miguel y los nuestros detrás de los setos y naranjos reían y se burlaban de ellos.

Beppi estaba en frente de Miguel todo mojado pero sin retroceder un paso.

-¡Cobardes! – gritaba a los suyos – ¡Quitadle la manguera!

Otra vez empezaron las carreras. Vi cómo se acercaba Beppi Algunos de sus chicos salieron del alcance del chorro de agua y empezaron a zurrarse con los nuestros. Trozos de cal endurecida cruzaban el aire como proyectiles se oían los chasquidos de los cristales del invernadero. Alrededor de mí crecía el charco de agua y el alboroto era general en los dos bandos. Beppi había llegado ya hasta el pilar. Entonces Miguel abandonó su poderosa arma y echando a correr hacia la casa gritó:

-¡Huyamos! ¡Nos matarán a pedradas!

Y después aún más fuerte:

-¡Papá, papá!

El Rey Capturado

No tuve fuerzas ni para dar un paso. Las piernas me pesaban de miedo y conmoción. Y antes de que todos los míos se escondieran en la casa, caí en manos de Beppi. Yo forcejeaba con todas mis fuerzas, gritaba, y mordía, pero de nada me sirvió. En torno mío se reunían más y más chicos remojados que me miraban con una expresión salvaje hasta el punto que creí que me querían descuartizar. Por fín rompí a llorar pidiendo ayuda. Pero nadie respondía, ni siquiera mi hermano ni el padre de Miguel.

Entonces Beppi, en silencio, se acercó, me quitó el corpiño dorado, me empujó y caí en el charco lleno de barro., Los otros reían a carcajada limpia, saltaban con regocijo alrededor y se burlaban de mi.

En la puerta de la casa empezó otra vez el griterío pero pronto se apaciguó porque los soldados de Beppi atacaron otra vez con piedras y trozos de cal.

-¡Id a guardar la puerta! – ordenó Beppi a tres chicos que no tenían otra arma que unos palos. Y tu – le dijo al más próximo – coge esta manguera y vuélvela hacia la puerta para darles la bienvenida si intentan otra vez el asalto.

Entonces se volvió a los demás y les preguntó señalándome a mi:

-¿Qué hacemos con este mocoso?

Esa palabra me enfadó tanto que olvidé todo peligro y le dí con todas mis fuerzas un puntapié al tobillo así que Beppi empezó a saltar sobre una pierna y a amenazarme con su venganza.

-¡Llevémoslo con nosotros para procesarle! gritaban unos.

-¡No, no! Dejémosle aquí para que vean quién fue su rey -reían otros.

Mientras, Beppi cogió la manguera que todavía chorreaba y ordenó que me subieran a lo alto del pilar. En un instante me encontré allí arriba, como una cigüeña sobre una chimenea. Temblaba, impotenete para bajar y defenderme. El pilar era pra mi demasiado alto y yo pequeño y débil para defenderme ante tantos niños. Beppi, todaví instisfecho con su venganza, dirigió hacia mí el fuerte chorro de la manguera. Me tambaleé y apenas conseguí mantenerme sobre el pilar.

El Rescate

Las risas eran cada vez más fuertes. Yo no podía emitir ningún sonido. El agua que me anegaba casi no me dejaba respirar.

De improviso se hizo el silencio.

En el umbral apareció mi tío Isidoro con su perro. El lobo ladraba, pero no se apartaba de su amo.

-¡Fuera de aquí, diablos! – gritaba mi tío con voz temblorosa.

Beppi retrocedía como si hubiera visto un fantasma.

Mi tío se acercaba hacia mi con pasos medidos y cabeza erguida, blandiendo por el aire su bastón negro.

-¡Fuera de aquí, diablos! – repetía y se acercaba cada vez más.

Algunos trozos de cal volaron hacia él y  se deshicieron contra la perd. entonces el perro lobo se soltó y salió corriendo hacia el primer niño.

-¡Din, Din! – le llamo el tío Isidoro parándose en medio del camino. En su llamada hubo u tono de impotencia y súplica que llegué a pensar que el tío lloraba. Pero Din corría y ladraba por el jardín echando fuera a todos los vasallos de Beppi.

Nos quedamos solos

-estás en el pilar ¿verdad? – preguntó mi tío y se dirigió hacia mi con más rapidez que antes.

-Yo esperaba impacientemente que me salvara. Pero cuando llegó hasta mi “trono”, tropezó con el tronco y cayó al charco.

Un niño gritó espantado desde la tapia. El perro ladraba y aullaba y yo empece a gemir

El descubrimiento

El tío se levantó rápido. En los labios se le dibujó una sombra amarga. Entonces vi por primera vez sus ojos profundos que miraban hacia algo lejos detrás de mi, como si vieran a través de la tapia de piedra y aún más lejos, mucho más lejos. Susurraba confuso:

-¿Dónde estás?

-Aquí estoy sobre el pilar -contesté entre gemidos.

Nuevo hasta entonces, un desconocido pensamiento nació en mi cerebro e invadió de tristeza mi pecho

Él se acercó mucho más y palpando la piedra alcanzó mis piernas.

-Malos…- dijo como si quisiera consolarme y una sonrisa extraña y buena iluminó su cara .- ¡Ya les daré yo a ellos!…

Me estrechó tierna y cuidadosamente contra su pecho a pesar de estar empadado.

Le rodeé el cuello con mis brazos y sentí en mi alma algo parecido a la contrición y la compasión al mismo tiempo. Empecé a odiar mi reinado, olvidé el corpiño bordado en oro, porque todas esas alegrías se hudieron en el nuevo amor que surgió en mi al descubrir el secreto de mi tío ciego.

Epílogo

Nunca olvidaré ni su sonrisa ni sus ojos. En ellos se perdía la luz y la alegría, desaparecían las lejanías y oscurecía la noche. Su mirada no estaba dirigida hacia li vida sino que la vida penetraba en sus ojos ciegos y allí moría en las ilusiones jamás esperadas del alma. Él arrastraba consigo el antiguo olor de las estancias de su palacio, las tinieblas de sus corredores y el destino olvidado que desaparecería con él. Y como nunca más vio, tampoco se volvieron a abrir las ventanas de su palacio. Visna fue la última en guardar sus recuerdos.

 

Luka Brajnović

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