No puedo evitar que me asomen recuerdos cuando se va a conmemorar el centenario de Luka Brajnovic. No porque “yo también le conocí´”, sino porque fue persona que tuvo influencia directa en mi vida. Y él lo sabía.

 

A Luka Brajnovic lo tuve de profesor en el Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra (1962-1965). Al principio las clases se daban en el edificio de Cámara de Comptos. Fue director de mi trabajo fin de carrera y consiguió que me titulase periodista contra, entonces, mi voluntad.

 

En la faceta de profesor, recuerdo que con él tuve las mejores notas. Notable. No llegué a ningún sobresaliente, porqué fui un discreto estudiante. Recuerdo que, en el examen oral de “Tecnología de la Información”, me preguntó sobre la influencia de las denominaciones de los productos, y le dije que las hay descriptivas, etc. y que las hay que son números como la marca de mi cajetilla de tabaco, 46. Esto le gustó. Ambos teníamos el paquete de tabaco encima de la mesa.

 

Mi tesis fin de carrera la dirigía y corregía en su casa, en la Plaza de la Cruz. El trabajo versaba sobre la codificación de la publicidad, una codificación que no existía, porque se estaba debatiendo en las Cortes. La tesis de la Tesis era que no hay codificación y que en un futuro se aprobará. Cuando la terminé quise saber la opinión de mi director.

 

– Don Luka, ¿qué le parece mi trabajo?

         – Bueno…

 

Por la forma de decirlo, no es que la tesis fuera buena, sino generosa la contestación.

 

La faceta de conseguir ser periodista se originó en un encuentro fortuito en Sant Pol de Mar, mi pueblo natal. Él veraneaba habitualmente en Canet. Ambas localidades están separadas por sólo tres kilómetros. Nos sorprendimos en el Carrer Nou y acordamos tomar algo en el cercano bar Montserrat. Le dije que pasaba por un mal momento. Estaba haciendo el servicio militar y equivocadamente había elegido “la mili normal” para quitármela pronto de encima, en vez de haber elegido las “milicias universitarias”. Tengo malas experiencias y malos recuerdos. Uno de ellos, lo cuento como anécdota, es que fui una semana a clase de analfabetos, en el destacamento de Castillejos, por no aportar un certificado oficial de que sabia leer y escribir. De nada sirvió el carné de estudiante de periodismo. Tenía que ser un certificado oficial. En la semana de clases, reconozco que era el alumno más aventajado. Un colega, Jaume Tella Sabater, que era peón de albañil de Premià, decía al maestro. “Mi sargento, pregúntele a este ya verá que sabe mucho”. El tema se solucionó cuando dije a mi paisano, Joan Serra Roca, que le pidiera a mi madre el certificado de estudios primarios y trajo el título de bachiller superior. Fui felicitado por el comandante.

 

Le dije a Luka que estas, y otras muchas situaciones, me habían llevado a una falta de ilusión, esperando del futuro salir en busca de trabajos eventuales, a lo que salga.

 

No sé si me riñó, pero sí sé que Luka me animó y que se encargaba de conseguir un permiso para examinarme de la convalidación que me faltaba. Mandó una carta muy aparente, con el sello oficial de la Universidad de Navarra, en la que decía que “necesariamente debía personarme en Pamplona para los exámenes de convalidación que se desarrollarán durante quince días”, (en realidad el examen era de una mañana). El comandante me concedió el permiso. Me puse a estudiar. Buscaba tiempo y me ofrecía voluntario para cubrir vigilancias nocturnas (imaginarias). Aprobé por los pelos, entre otras cosas gracias a se le dijo al jurado que me encontraba haciendo el servicio militar y que era un buen chico.

 

Una vez hablé con Ana Maria Brajnovic y le dije que conocía a varios hermanos suyos, Olga, Elica, Antorio y mucho a su padre y que era una gran persona.

 

  • Todos me dicen lo mismo, que es una gran persona, contestó.

 

Yo quería contarle, además, lo que he dicho aquí, pero también otros muchos tienen su particular recuerdo de él.

 

  • Dejémoslo así, pensé.

Jorge Sauleda

Periodista