En las últimas semanas me ha pasado que, al entrar en la Facultad, me sorprendo, incluso me sobresalto un poco, cuando veo la figura de don Luka. Y es que, por un segundo, me parece que es él de verdad y que además me está preguntando de manera imprecisa, ¿qué tal?, o ¿cómo te va la vida? o, ¿qué estás haciendo con ella?

            Fui alumna de don Luka en dos ocasiones: me dio Literatura y Deontología. En aquella época me ponía nerviosa lo que oía sobre él. Mis compañeros decían que era bueno; buenico, como se dice en Navarra. Pues no, yo no estaba de acuerdo. Entiendo que era solamente  una manera de decir, y que a los 18 o 20 años, si te encuentras con el sol de frente, es difícil que sepas dar el nombre adecuado a figuras que ni siquiera puedes ver bien porque te ciegan.

            Evidentemente D. Luka era bueno. Pero había mucho más. Le oí contar en infinitas ocasiones su vida, tan dura; también escuché la otra parte, a Ana, su mujer. Es más, fui compañera de curso de Olga y me atrevo a asegurar que yo sabía de su padre mucho más que otras personas.

            Pero aquello no podía ser todo. En la época dorada de Hollywood se hubiera podido hacer con la vida de D. Luka un auténtico peliculón. Pero no era eso. Don Luka te interrogaba cada vez que contaba su historia. Parecía que no, pero sí. Y la interrogación hace que te sientas incómoda porque araña por dentro.

            La respuesta a  tanta incógnita la encontré años después en sus memorias, publicadas bajo el título Despedidas y Encuentros. Ya casi al final, en el epílogo escrito por su hija Olga, esta pone en sus labios una confesión, la clave auténtica de su existencia: “…he pasado todos los días de mi vida luchando positivamente contra el odio”.

            “Para mí –añade Olga- fue como si me despertaran de un sueño. Allí estaba mi padre, con su aspecto amable y hasta frágil, revelando un poco de la enorme lucha interior que había estado peleando sin que nadie lo advirtiera”.

            Yo también entonces entendí mejor. Dice San Felipe Neri que “no hay nada más hermoso sobre la tierra que hacer de la necesidad virtud”, lo cual significa hacer una obra de arte meritoria de la belleza, la verdad y la bondad. Y añade Juan Bautista Torelló: “No pocas veces se rechaza ese truco de magia, el de hacer de la necesidad virtud, al aceptarlo simplemente como ‘último recurso’. Se trata en este caso de gente con una idea muy primitiva de lo heroico y de lo santo”. Lo sensacional nos seduce. El servicio invisible nos parece prosaico, no le encontramos sentido.          

            La vida de don Luka fue bella, verdadera y buena (ahora sí) y él heroico y santo. Yo pienso sinceramente que ese es su verdadero perfil, su semblanza. La vida cotidiana sin teatralidad, la paciencia del tiempo, es lo que hizo a don Luka vivir una existencia significativa, edificante, alegre.

 

 

Mercedes Montero