Reproduzco aquí las palabras que dirigió mi hermana Elica a los asistentes al acto de conmemoración del centenario de don Luka en la Facultad de Comunicación el 16 de enero de 2019. Por causa de la guerra y de los acontecimientos que les tocó vivir a mis padres en ella y después de ella, mi hermana no conoció a su padre hasta que la familia pudo reunirse en Múnich en 1956 después de una larga separación, cuando ella tenía doce años. Estas fueron sus palabras: 

Se me pidió que hoy, en este día tan especial para nuestra familia, hablara de D. Luka como padre. Que hablara de mis recuerdos. Son unos pocos apuntes personales, ya que la historia es larga y el tiempo corto.

Supongo que todos recordáis el abrazo de vuestro padre cuando erais pequeños. Yo recuerdo el de mi padre a los 12 años.

Mi padre, en el campo de refugiados donde fue confinado al final de la guerra, escribió en su diario, con ocasión de mi primer cumpleaños, entre otras cosas, lo siguiente:

“No sabrás nunca cuanto te he querido y cuánto te quiero, mi querida y desconocida hijita. Pero hoy, las lágrimas de tu madre te recordarán este amor mío lejano y triste que te añora”.

Lo que había sido una fotografía, unas cartas y los relatos de mi madre, de repente se hizo real el 26 de octubre de 1956, en la estación de tren de Múnich que aún olía a guerra y a carbonilla de los viejos convoyes. Mi madre dijo “es papá” y yo le di la mano y dije, con toda formalidad, ”mucho gusto, señor”. Mi padre me abrazó y a partir de ese abrazo él se hizo real.

Tuve a mi padre, solo para mí, durante un año más. Mi padre era solo mío por primera vez.

En ese tiempo pude conocer a un hombre alegre, con gran sentido del humor, trabajador incansable, generoso, con innumerables amigos, a quien le gustaba cantar, escribir y leer. Yo también escribía, con mis 12 años, unos cuentos fantásticos y narraciones románticas típicas de mi edad. Y mi padre las leía con toda seriedad y me daba su opinión y me sugería correcciones, como si yo fuese un gran escritor. Luego, íbamos al cine, a pasear por el Retiro, por la Gran Vía… íbamos al teatro y a los conciertos. En casa representábamos pequeñas obras de teatro y recitábamos poesías. Nunca se hablaba – por lo menos delante de mí – del pasado, de los 12 años de separación, de persecución y de dolor. Había que vivir el presente, que traía nuevas dificultades pero sobre todo alegría. En ese primer año juntos, mi padre me enseñó a ser feliz.

Me animó a tener mis propios amigos, en el colegio y a integrarme en un mundo nuevo. Siempre con una gran libertad.

Luego nacieron mis hermanos. Mi padre decía que yo era su hija del primer matrimonio y mis hermanos de su segundo matrimonio. Pero para él no había diferencias en el amor: para todos fue el mismo.

Y yo me fui haciendo mayor, distanciándome sin querer de la niñez de mis hermanos.

Quizás por eso tuve la oportunidad, muy pronto, de  descubrir en profundidad su ejemplo y sus enseñanzas. Grandes lecciones que nacían de la propia vida, del ejemplo de su vida, que era su mejor escuela.

Y ¿qué me enseñó? Su respeto por la libertad, vivida con responsabilidad, ya que nunca me dijo lo que debía hacer, o qué carrera escoger ; la necesidad de ser siempre agradecido (de hecho  la primera frase que aprendí de él en castellano fue “gracias por su regalo”)su rectitud de vida : decía que el éxito es pasajero, que lo importante es dejar huella en los que nos rodean, con nuestra vida diaria vivida con rectitud, intentado siempre hacer el bien; su amor a la verdad (Verdad con mayúscula), una verdad que nunca puede ser relativa y que hay que defender con pasión; su otra pasión, la justicia. Quizás en ese campo fue donde sufrió más durante toda su vida, sin guardar rencor a nadie. Ante la injusticia callaba. Fue amigo de sus amigos y también de sus enemigos por los que rezó siempre, hasta el final. Con serenidad y ¿por qué no decirlo?, con humildad.

Y todo esto envuelto en  una fe profunda, compartida con mi madre, que hizo que su fidelidad, del uno por el otro, y sobre todo  a Dios, siempre haya sobrevivido sin fisuras.

Recuerdo nuestros paseos por el hall del Edificio Central, durante los cuales nos contábamos nuestros proyectos, dificultades y alegrías. Y cafés en Faustino. Ya conocéis la anécdota del café cortado que mi padre siempre tomaba. Pidió un día a un camarero un café cortado y le dijo, pero  “cortado por la mitad” a lo que el camarero contestó “donde quiere la leche , D. Luka, a la derecha o a la izquierda?”

Claro que esos ratos entre padre e hija se veían siempre interrumpidos por sus alumnos que se arremolinaban alrededor de él y él los atendía con su proverbial paciencia, simpatía, acogida y hasta con admiración. Siempre considera a sus alumnos personas dignas de admiración y respeto.  Y así, poco a poco, me di cuenta de que mi padre ya pertenecía a otros, a esa gran familia de sus discípulos, a modo de hijos adoptivos, y  a sus compañeros de Universidad, a sus lectores del periódico o incluso a los taxistas que aun hoy le recuerdan.

Su larga enfermedad que le impidió andar o leer o escribir, nunca perdió su buen humor. Si le preguntaban “¿Que tal está D. Luka?” decía, desde su silla de ruedas: “Sentado”, o “No puedo estar mejor”.

Finalmente quiero recoger un recuerdo importante para mí. Cuando mi padre fue prisionero de los partisanos en 1943, con filial confianza se dirigió a la Virgen de Fátima y le pidió que lo liberara de la muerte. Y le prometió que si era así, iría a  Fátima a darle las gracias. Pasaron los años y por fin en 1993, 50 años más tarde, fuimos a Fátima mi madre, mi marido, mi padre y yo. A agradecer a la Virgen el habernos regalado a mi padre tantos años. Ver a mis padres, arrodillados en la Capelina, en un largo silencio y profunda oración, es una imagen que guardo para siempre en mi corazón. Y también aún oigo un balbuceo de mi padre en voz baja “aquí estoy, por fin, Madre”. Era un epílogo a tantos años de lucha, de dolor, de sufrimiento y bendiciones de Dios.

Siempre que pienso en mis padres veo a dos gigantes que nunca se dejaron vencer por el dolor, pero fue el dolor acrisolado en la paz y alegría, el que los acompañó a lo largo de su vida y finalmente también en la enfermedad, hasta su fallecimiento. Yo me los imagino ahora en el cielo. Y pienso que cuando se presentaron allí, hubo alguien que preguntó, como en el Apocalipsis. ”¿Quienes son estos con vestiduras blancas? ¿De donde han venido?” Y la respuesta: “Estos son los que vienen de la gran tribulación”.

Y no sigo con la cita, que seguramente conocen.

 

(En la foto, Luka y Elica en Múnich, el día que se conocieron)