
El tiempo es como la muerte. No espera a nadie. Pasa despreocupado llevándose miserias y alegrías, siempre cruel…
Recién llegado al masificado campo de refugiados de Fermo, Luka Brajnović observa cómo mucha gente pasa el día sin hacer nada, esperando que se decida su futuro y el 18 de julio de 1945 anota en su diario unas reflexiones sobre el tiempo
Los días llenos de sol y desolación se suceden y se marchan para no volver (…) Van desfilando hacia el pasado desaprovechados, tristes, humillados y ya nunca existirá aquello que una vez fueron. Cuánta bondad y nobleza se han desvanecido con ellos, cuánta expresión de amor cubierta por la ceniza y las lágrimas del sufrimiento.
Y es que el tiempo no conoce la compasión. No toma en consideración el destino, porque su paso es constante y perpetuo. Necesitamos a veces tan sólo una hora más de la que tenemos a nuestra disposición, pero nadie puede regalarnos ni esos pocos minutos.
Puede que en alguna ocasión hayamos perdido una parte del día en la que hubiéramos podido crear nuestros pensamientos y recomponer nuestra suerte.
Pero el tiempo es como la muerte. No espera a nadie. Pasa despreocupado llevándose miserias y alegrías, siempre cruel, para crecer sobre nuestros dolores y enlazar la vida del alma con la vejez del hombre a cuyo encuentro se dirige.
Y en ese viaje, atropellados por su propio tiempo, muchos se quedan parados y muchos desaparecen. Todo lo que no alcanza el paso uniforme del tiempo se convierte suavemente en pasado.
El día a día del campo le resulta al joven refugiado desesperante:
¡Cuánto tiempo se pierde aquí! Mucha gente pasa horas echada, habla, se entretiene con cualquier cosa y es de poco provecho para sí y para los demás. ¡Cómo se lamenatarán algún día de este tiempo que podía haber sido utilizado tan provechosamente! Pero entonces será tarde.
Pero él tiene un destello de esperanza:
Mi tiempo me espera, porque mi vida me espera. Y estos días que transcurren tristes, me traen junto con el recuerdo del amor, un dolor indescriptible -prueba del amor-
Me parece como si desde el momento de mi muerte – el momento de mi separación de mi Ana y de mi dulce niña – ha pasado toda una eternidad. Cada día es más largo que un año en felicidad. Cada uno de mis días está lleno de visiones de lo que fue, recuerdos inolvidables, y después, con los presagios, llega un amargo dolor y de vez en cuando, sólo de vez en cuando, las ilusiones de un hermoso futuro.