La correspondencia entre Luka Brajnović y su esposa Ana Tijan en los años de la posguerra era difícil . Muchas cartas se perdían por el camino de Italia a Yugoslavia y Luka nunca sabía si llegaban a su destino y cuándo. A veces Ana, acosada por la policía, decidía dejar de escribir para evitar que detectaran la comunicación que mantenía con su marido, que malvivía en Roma no exento de peligros. La Ciudad Eterna era por aquél entonces un hervidero de espías y agentes secretos a la caza del exiliado.

Cada vez que por fin llegaban noticias de Ana, Luka estallaba de alegría.  Así le ocurrió el 15 de enero de 1947 cuando recibió una felicitación por su cumpleaños con fotografías de ella y de la pequeña Elica, justo cuando él estaba tratando de escribirles.

¿Qué podría escribir ahora? – exclama- Estoy demasiado emocionado y casi es mejor que no escriba. Yo ahora lloraría, saltaría, reiría….En realidad he hecho todo eso. Y sigo haciéndolo. Te miro a ti, miro a Elica.  Os beso, os acaricio, hablo con vosotras y no tengo paciencia para dejar de miraros y ponerme a escribir.

Perdona, pero es que ¡quiero veros!

 

Me resulta tan cercano tu abrazo y el calor de nuestra hija, que siento el olor de tu pelo y la impaciencia de aquel deseo mío cuando te escribía mientras estaba aún contigo:  «Ana, ¡Cuánto ha pasado desde que no nos hemos besado!» (y quizá no había pasado ni una hora).

 

Pero entonces, aparece el inmenso mar de esta terrible realidad  y me muestra la vida como es. Y todo lo que me resulta bello me lo transforma en un engaño,  en un sueño que nos llena de dolor, nos atrapa y nos aprieta con todas las fuerzas de esta tragedia nuestra.

 

En esos momentos me siento solo, sin felicidad, sin consuelo. En esos momentos me agarro a la esperanza, la esperanza en mi regreso, en nuestro reencuentro, como un náufrago a una tabla.

El 30 de enero Luka recibió una carta de Ana en la que le comunicaba que había recibido una de las tres que él había enviado. Dos se habían perdido por el camino. Enseguida le contestó y le contó cómo la noche anterior un conocido suyo le preguntó:

  • ¿Cómo es que tu siempre piensas y hablas de tu mujer con tanto amor, pasión y entusiasmo?
  • Eso es porque yo no sólo la quiero sino que estoy enamorado y a cada momento me enamoro de nuevo. Yo no se si eso lo puede hacer otro, pero yo puedo. Eso es en realidad mi alimento y el sentido de esta vida mía. Y además, tengo una mujer de la que me puedo enamorar sólo con la limpieza del corazón de un niño y el anhelo fiel de un hombre que ha sufrido mucho.

No se si logré explicarle lo que pienso, pero se que le hablé desde el fondo del alma, sinceramente, tan sinceramente que después de escucharme se quedó pensativo y al cabo de un tiempo contestó:

  • Tu eres verdaderamente un hombre feliz

Y analizando sus palabras  he concluido que ciertamente es así. Tengo una mujer y una hija, mis más queridas, que me esperan fieles , con las que estoy siempre con el pensamiento y en el mundo de mis ilusiones bellas y limpias. Tengo una maravillosa mujer, amada mía, a la que amo y que me ama y Dios hará que llegue el día de nuestra completa felicidad.