En verano de 1947, Luka Brajnović aguardaba impaciente en Roma noticias de su esposa Ana, a la que esperaba poder abrazar pronto porque había puesto en marcha un plan para sacarla a ella y a la niña de Yugoslavia.

Se había puesto en contacto con una red de intermediarios que ayudaba a la gente a abandonar el país y les dio una carta para su mujer con el fin de que ella supiera que iban de su parte. Le habían asegurado que los que llevaban a cabo la operación eran de toda confianza.

En primavera, justo la víspera del domingo de Resurrección, Ana había tenido en Kotor una traumática experiencia. Acudió a verla un hombre que dijo ir de parte de Luka, pero resultó ser un agente de la UDBA (Policía Secreta Yugoslava) que quería pillarla en un renuncio, comprometerla y descubrir a través de ella el paradero de su marido. Al no lograrlo, acabó arrestándola.

Cuando, en junio, apareció otro hombre, esta vez con una carta de Luka, proponiéndole un plan para pasar la frontera, Ana no se fió. Hizo bien, porque las amenazas que le lanzó cuando se vio rechazado, indicaban que era de nuevo un policía que había obtenido de alguna forma la misiva para camuflarse. Su plan era llevar a Ana y a la niña a un punto de encuentro con Luka en la frontera para detenerlos a los tres.

Cuando pasaba algo así, Ana dejaba de escribir a su marido porque se sentía estrechamente vigilada. Pero él no lo sabía. Se quedaba a oscuras y no tenía más remedio que esperar, ávido de noticias:

¿Por qué no viene? – Se pregunta.- Estoy seguro de que lo hace escuchando el consejo de otros o porque las circunstancias allí son tales que de ninguna manera se ha atrevido a hacerlo. Pero ¿por qué no me escribe ni una línea de lo que está pasando? ¿Por qué no me cuentas, amada mía, qué es lo que te ha impedido que vengas?

A pesar de la incertidumbre, Luka no duda en ningún momento de su mujer. Piensa que habrá tenido razones de peso para no aceptar el plan de huida que había preparado.

Tuvieron que pasar dos meses más para que llegara la primera carta de Ana dando una explicación:

Me dice que consideró todo una provocación y decidió no partir por su propio bien. Qué es lo que pudo pasar, creo que lo puedo imaginar. Pero pienso que ese entorno en el que está todavía hace más urgente su venida por su propia seguridad. Si se queda, Dios sabe lo que le espera. Quizá la persecución, la cárcel, alguna condena…Todo eso es posible en la «democracia progresiva». Además, podría tener que soportar que le separen de nuestra hija, que envíen a Elica a alguna «institución» donde olvide a Dios y el amor a sus padres. Y que a ella, mi amada, la manden a trabajos para la «producción.»

De hecho, Ana llegó a estar detenida y tuvo que hacer algunos trabajos forzados, pero nunca le separaron de su hija.

Entre tanto, en Roma, Luka, que se había dejado todo lo que tenía en el intento de traer a Italia a su mujer y su hija y reunirse por fin con ellas, se sintió amargamente estafado por la personas en las que había confiado.

¡El sueño de la llegada de mi mujer y mi hija! Es el mayor engaño que he podido vivir. Un engaño que podía haber acabado de forma cruenta. No hay ninguna llegada. No hay ninguna reanudación de la felicidad. No hay nada que me pueda consolar.

Fuera como fuese, Luka no estaba dispuesto a desistir de sus esfuerzos por reunir a su pequeña familia, ya fuera con el traslado de Ana y la niña a Italia, ya fuera con su regreso a Croacia. Pero de momento, las dos vías estaban cerradas.

(En la imagen, la plaza de Kotor en la que vivía Ana, en la actualidad)