Vuelvo a los diarios de Luka Brajnović a quien habíamos dejado recién llegado a España, acogido por la familia Rovira en Canet de Mar (Barcelona). Pero tenía que presentarse en Madrid, donde la iban a dar asilo en el Colegio Mayor Santiago Apóstol y tuvo que ponerse en marcha hacia la capital.

Así que, con mucha pena se despidió de sus nuevos amigos y se montó en un tren al que llamaban el «rápido» pero que tardó sus buenas ocho horas en hacer el trayecto Barcelona-Madrid. Nada más llegar a la capital y encontrarse con otros emigrantes y exiliados de distintos países del Este europeo,  entró en un mundo de intrigas y discusiones del que quería estar totalmente al margen. Pero no pudo.

El subdirector del Colegio, un tal Castro, anunció que tendrían que abandonarlo cinco croatas porque había demasiados de esa procedencia y propuso nombres de varios que no eran ni de los primeros ni de los últimos que habían llegado. Pero los elegidos para trasladarse a una pensión se negaron en redondo y estalló una amarga polémica.

La cosa llegó a tal extremo que Luka y su amigo Karlo Mirth, que acababan de llegar se ofrecieron a marcharse para que se restableciese la paz. el problema de todos era que no tenían otra documentación que la de la Cruz roja que les declaraba apátridas que no les ofrecía ninguna seguridad.

Al final se decidió que Luka y Karlo fueran a dormir al Colegio de San Pablo, donde solo tenían derecho a cama y pasaran el día en el de Santiago Apóstol, donde les dejaban un espacio común para trabajar. De manera que en palabras de Luka andaban como gitanos de un lado a otro, sin instalarse definitivamente, con las cosas aún en las maletas y sin poder organizarse mínimamente.

Su cuñado Pablo Tijan ya se había introducido en la vida intelectual madrileña y vivía en la residencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas al igual que su amigo de los años romanos Anton Wurster a quienes iba a visitar con frecuencia.

En medio del caos de las primeras semanas en Madrid, llegó el tercer cumpleaños de Elica. Al rememorarlo en su diario, Luka acusa el efecto que causa en él la mayor distancia que le separa ahora de sus seres más queridos.

Esa niña que hoy ha cumplido tres años, crecerá lejos de mi y no quedará en ella ninguna huella de todo lo que le quise ofrecer. No sabrá nada de todos mis sueños, de todas mis intenciones y deseos y no podrá conocer con plena conciencia el amor de su padre. En ella vivirá el misterio del dolor y el anhelo de su madre (que es para ella madre y padre), y eso será todo lo que sabrá de mi.  Y cuando crezca y conozca como es la felicidad completa de la vida familiar grande y bella, se lamentará por su padre, el amor de su madre, pero no podrá entrar en el secreto de ese amor. Ella respetará mi recuerdo solo porque es lo que dará sentido al dolor de su madre.

Luka cree que la niña se hará una fantasía sobre la imagen de su padre que no tendrá nada que ver con la realidad.

Esa imagen será mucho mejor de lo que soy yo, pero no tendrá nada de mi indecible dolor y amor que ella no ha podido sentir directa y completamente.

En su mente hay una sola imagen:

Hoy la veo tan pequeña como cuando la miraba con mis propios ojos. La veo en pañales y apenas puedo convencerme de que hoy tiene tres años, que habla, que piensa, que juega y canta y se desarrolla en una persona hecha.

Sufre lo indecible por estar perdiéndose la infancia de su hija pero no pierde la esperanza:

Quisiera encender al menos una luz de felicidad paterna: mi hija está viva y sana. Y que conmigo suceda lo que sea.

Su vida, dice, no tiene sentido sin ella y su madre.

Hoy, querida hija mía, sólo puedo y debo ( porque eso es lo que me dicta mi conciencia) renovar mi vida: Vivir para ti, hija mía y para tu madre, mi amada y  limpiar mi alma y mi corazón de todo lo que no sois vosotras y no es Dios, que tantas veces me ha mostrado grandes gracias, cuando se las he pedido a través de su Madre. Que también hoy reciba mi oración callada y que me escuche, porque mi cáliz está rebosante y tengo miedo de que no podré beberlo.