San Lucas. 18 de octubre. Un día como hoy, hace 70 años, Luka Brajnović pasaba por primera vez el día de su onomástica en Madrid. Recibió muchas felicitaciones de sus compañeros de exilio, que acudieron a su habitación del Colegio Mayor Santiago Apóstol. Pero no contó con el abrazo que más deseaba, porque era imposible.

Su mujer y su hija estaban a miles de kilómetros de allí, en Kotor, bajo el régimen comunista yugoslavo, y no había modo de llegar a ellas. En medio del jolgorio de los abrazos, las bromas, risas y canciones, él ansiaba estar solo para poder pensar en Ana y la niña con paz.

Todo el día pasó en conversaciones con esta gente.- escribe en su diario-  Me alegro de que vinieran, pero ¡tenía tantos deseos de quedarme solo para  estar con el pensamiento con mis más queridas: mi mujer, mi hija y mi madre! En medio de los gritos, las risas y las canciones, yo de alguna forma me aislaba del ajetreo de mis amigos y, en el terrible silencio de mi alma, deprimido y triste, pensaba en mi felicidad perdida y en mi amor.

Se que también Ana estaba pensando en mi. Estoy convencido de que nuestra vida espiritual se ha fusionado tan completamente que se refleja como la de los gemelos, que juntos se alegran y juntos sufren, aunque los separen en lugares incomunicados.

Así nos sucede a nosotros. Cuando uno de nosotros sufre, aunque el otro no sepa los motivos ni las circunstancias de ese dolor, siente ese mismo sufrimiento.

Mi amada ayer sintió un desierto a su alrededor. La tristeza en su alma era enorme y sentía como si todo el peso de la vida le hubiera caído sobre sus espaldas.  Sintió el cansancio de sostener demasiado tiempo grandes ilusiones y demasiado bellas esperanzas. Sin embargo, la dura realidad en la que vive, no le ha vencido y ella espera en mi regreso como en un regalo que un día le sorprenderá. En ella prevalece la tranquilidad aunque, tantas veces, sus esperanzas le hayan engañado.

Tenemos que rezar mucho, amada mía, porque es un fraude no creer en nuestra renovada felicidad.

Era el año 1948, todavía tendrían que pasar ocho largos años para ver cumplido su deseo de reencontrarse.  Juntos sufrieron y se alegraron a pesar de la distancia. Nunca perdieron la fe ni cedieron un ápice en el amor que se profesaban hasta que consiguieron su objetivo de volver a unir sus vidas. Pero esa es otra historia.