En el relato de la vida de Luka Brajnović que he venido haciendo en este blog, siguiendo sus diarios, le hemos dejado recién llegado a Madrid, donde  se alojó como refugiado en el Colegio Mayor Santiago Apóstol de la organización OCAU (Obra Católica de Asistencia Universitaria) en diciembre de 1947. Ahí pasó su primera Navidad en España.

En el Colegio Mayor había unos cien residentes de varias nacionalidades, todos procedentes de países del Este de Europa y alguno de China que compartían alojamiento con unos pocos españoles miembros de Acción Católica. Los extranjeros eran estudiantes refugiados, que habían huido de sus países, a los que la institución les daba la oportunidad de finalizar sus carreras universitarias en España, respondiendo a un llamamiento que había hecho el Papa Pio XII en favor de ellos.

Luka ya había acabado sus estudios pero le ofrecieron entrar en la lista de residentes como medio de obtener el permiso de residencia en España y escapar del agobiante ambiente atestado de espías en el que estaba sumido en Italia. Para justificar su estancia allí, y por interés cultural, terminó matriculándose en Filosofía y Letras en Madrid.

Mientras sus compañeros de residencia celebraban la Navidad con bullicio, bebiendo y cantando, Luka añoraba a su familia de la que estaba separado y la forma más recogida e íntima de celebrar las fiestas navideñas que a la que estaba acostumbrado.

En su diario explica que el día 24 por la noche, habían instalado un árbol de Navidad – cosa inaudita en España en aquellos tiempos –  y repartieron regalos. 

Todos los residentes tuvieron algo excepto yo – anota en su diario

Recién llegado, no tenía quien le diera un presente. Pero le dio igual. Recibió algo que valoraba mucho más: una carta de Ana, su mujer. Unas líneas con las que podía compartir con ella lo que había sido su vida cotidiana reciente, escrita de la manera descriptiva y gráfica con la que ella sabía ilustrar sus misivas. 

Era un rayo de esperanza de que llegaría una Navidad en la que estarían juntos físicamente, celebrando las fiestas unidos, en familia.

Lo que no sabía es que todavía tendrían que pasar nueve largos años de soledad para que eso fuera posible. 

Después de esa larga espera, fueron muchas las Navidades que celebró felizmente con Ana, Elica y los hijos que vinieron más adelante en Madrid y en Pamplona.