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Al lado de una iglesia abandonada, cerca de los grises muros de la ciudad, un lejano pariente de mi madre tenía un gran palacio de piedra, que era tan gris y antiguo como la noble iglesia y los baluartes que estaban junto a ella. Vivía allí solo con su hija a la que no había visto en mucho tiempo. Hacía poco había vuelto de Viena donde acompañó a su padre que tuvo que recibir un tratamiento médico y ahora sólo se dedicaba a cuidarle. A él  le solía sorprender de vez en cuando hablando con mi madre. Entonces sentía como si se me helase la sangre en las venas con un terror inexplicable.

Era muy alto y muy delgado. Siempre vestido de negro. De rostro rígido y ojos hundidos, que siempre estaban cubiertos de sombra, así que ni se distinguían. En una mano llevaba un bastón negro y delgado con un puño labrado en plata y en la otra la correa de un gran perro lobo que le acompañaba siempre. De ese silencioso perro tenía más miedo que de su amo.

Cuando entraba en una habitación, el pariente ni me apercibía, como si no existiera. Yo estaba profundamente convencido que él odiaba a los niños y que venía para robarme y llevarme consigo a su oscuro palacio. Por eso siempre procuraba enterarme por lo menos de algo del contenido de sus conversaciones con mi madre, pero nunca conseguí sacar nada en limpio. Siempre hablaba de pie, muy breve y fríamente y me parecía como si estuviera martirizando a mi madre.

La visita

Un día le vi hablando con mis padres, pero no parecía tan severo y raro como de costumbre. Aquella tarde estaban sentados los tres en unas butacas (por ningún lado se veía al perro o al bastón). Delante de ellos había unas copas con una bebida de un color rojo brillante. Mi padre se reía mientras conversaba (él siempre se reía y hablaba socarronamente) y a mi me pareció que las cuencas de los ojos del huésped habían revivido y que las facciones de su cara se habían suavizado. Tan pronto como entré en la habitación preguntó si era yo el que cruzaba el dintel y sonriendo  me llamó para que me acercara a él. Pero yo me apretujé contra mi madre y no quise avanzar.

-No seas salvaje- me susurraba mi madre y me empujaba despacio -¡Vete a saludar al tío!

Me iba acercando a él, temeroso y desconfiado, pero él pacientemente tendía los brazos para estrecharme entre ellos. Sentía inseguridad, pero no podía creer que mi madre me fuera a traicionar abandonándome a la ligera a él. Yo seguía casi convencido de que el tío había venido a robarme.

Cuando me besó, me pareció como si me hubiera rozado con un acero delgado y frío. Me sentía incómodo y por poco rompo a llorar. Enrojecí al darme cuenta y también de rebeldía por tener que obedecer a los mayores a pesar de iba contra mi voluntad y mis deseos. Temía que me retuviese más a su lado y tan pronto como me dejó un resquicio escapé hacia mi madre.

Entre tanto ellos seguían con su conversación. No me atreví a preguntar nada y solamente entendí que mi padre había hecho un gran favor a mi tío pagando por él una deuda y librándole de una hipoteca. Estoy seguro de que el invitado dijo varias veces a mi padre:

-Tu, querido Juan, me salvaste de la vergüenza  y de la muerte.

Por la sonrisa que se dibujaba en los labios de mi padre saqué la conclusión de que ni él, como tampoco yo, apreciaba esa gratitud. Pero quizá en esa sonrisa expresaba la alegría de haber podido ayudar a un pariente de mi madre. Yo ni pensé en ello. Pero me llené de orgullo convencido de que mi padre podía salvar de la vergüenza y de la muerte a quien quisiera.

Como queriendo confirmar mis pensamientos, mi tío dijo:

-Sabía que me ibas a ayudar.

Seguía atentamente cada palabra y movimiento suyo. Escudriñaba en él buscando en su cara algo que me agradase. Pero él para mi seguía tan misterioso como una sombra superflua a cuya presencia me iba acostumbrando.

La invitación

Cuando se levantó, a mí me pareció que recobraba aquella expresión que tenía cuando hablaba a solas con mi madre. Estaba tieso, con el ceño fruncido y esperando sin palabras que mi padre le alargase el bastón. Algo cruel y duro le ensombrecía el rostro.

Espero que nos visitará pronto -le dijo mi madre.

El tío sonrió:

-Quizás… Pero sus hijos podrían venir a mi casa para llenarla de alegría… Visna está siempre sola y su compañía le agradará.

Sus palabras sonaban humildes y apacibles.

Me extrañaba de todo y más de que mi tío hablase así, cordialmente, con mis padres, que me besara, que mi padre le diera el bastón y que nos hubiera invitado a mis hermanos y a mi a su casa. temblaba solo de pensar que nos pudieran dejar ir a aquél oscuro palacio en el que, según mi entendimiento, solamente podían vivir viejos misteriosos parecidos a él.

(La foto es de Max Kleinen de Unsplash.com)

 

 

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