Segunda entrega del cuento El Rey de los Niños de Luka Brajnović, originalmente escrito en croata para su libro «Cuentos de la infancia». En la primera parte, el protagonista, un niño pequeño, seguramente el propio Luka, cuenta el miedo que le tenía a un pariente suyo muy alto delgado y siempre vestido de negro que vivía solo con su hija en un viejo palacio junto a las murallas de Kotor, que un día le invitó a él y a sus hermanos a que fueran a jugar a su casa.   

Mis hermanos gritaban de alegría cuando supieron que el tío Isidoro nos había invitado. Emocionados, aceptaron, mientras yo rogaba a mi madre que me dispensara de ir. Nada podía convencerme de que mi miedo era infundado y de que el tío era muy bueno y nos quería a todos. Tan solo cuando mis hermanos, después de unas semanas me contaron que en el jardín del tío se reunían muchos niños que ellos habían invitado, decayó mi resistencia.

No me acuerdo ya si acepté voluntariamente o simplemente me obligaron a que fuera. Pero recuerdo muy bien con qué miedo iba yo hacia aquél palacio. Me parecía que no iba a poder aguantar la tensión que me inundaba mientras aguardaba ante aquél oscuro portalón. Y cuando oí que crujían las pesadas puertas del palacio, desapareció todo mi valor y temblé, seguro de que en el umbral aparecería la negra y alta figura de mi tío.

Pero quien apareció fue una chica sonriente (era su hija Visna) y me pareció como si un ángel hubiera bajado del cielo para disipar mi angustia. Creí que presenciaba un milagro.

El preferido

Mis hermanos la saludaron con algarabía y corriendo a lo largo de un amplio y claro vestíbulo desaparecieron detrás de unas vidrieras a través de las cuales se veía el cielo azul  y las hojas oscuras de unos viejos naranjos. También yo quise correr con ellos, pero Visna me retuvo. Me levantó, me puso sobre la mesa del vestíbulo y mirándome fijamente a los ojos me dijo:

-Papá os quiere a todos, pero tu eres su preferido!

Papá… ese debe ser el tío -pensaba yo con angustia renovada en mi alma. Empecé a temer que me llevara a verle y que él me besara otra vez con sus labios fríos, pero Visna ni pensaba en ello.

-No me conoces ¿verdad? -decía sonriendo- Estabas en la cuna cuando te vi por última vez.

A mi me parecía que la conocía, aunque no podía recordar haberla visto jamás. Pero su cara sonriente y sonrosada me era familiar, su voz como si la hubiera escuchado antes y lo mismo podía decir de sus ojos negros y alegres. Se parecía a mi madre. Por eso tomé confianza con ella y le contestaba a todas sus preguntas sin titubear. Hasta le recité todas las poesías que me habían enseñado a declamar. Ella me ofrecía azúcar y caramelos y me llenaba los bolsillos de almendras. Consiguió borrar de mi alma hasta el último vestigio de desconfianza. Ya no pensaba en el ceño fruncido de mi tío ni en sus labios fríos. Empecé a querer tanto a Visna que de buen grado me hubiera quedado en el palacio el tiempo que ella quisiera.

El invernadero

Pero del jardín llegaba el griterío de los niños y esto era lo único que estimulaba mi impaciencia. Y ella, cuando descubrió todos mis deseos, me cogió por fin de la mano y me guió a través de las vidrieras para reunirme con los demás niños.

El jardín era mucho más amplio y bonito que el nuestro. en apretadas y rectas filas se alineaban naranjos y limoneros y las altas tapias de piedra estaban recubiertas de hiedra y rosales. Desde la casa partía un ancho camino enlosado hasta un pilar bastante alto de cuyos cuatro costados salía agua. Detrás de él se encontraba una casita blanca con amplias ventanas y una azotea en la que estaba instalado el invernadero. Esa casita me agradó mucho desde el primer momento, porque era blanca y pequeña y como construida a propósito para nuestros juegos.

El ejército de Beppi

Ya no era necesario mandarme con los demás- Sabía que allí me esperaban las almendras con las que Visna me llenaba los bolsillos y me quedaba triste si alguna vez tenía que faltar a la cita. Al principio me molestaba que los chicos no querían jugar conmigo porque era mucho más pequeño que ellos y aún ni iba a la escuela. Además, desde los primeros días demostré que no me gustaban nada sus guerras con los niños que jugaban en un patio próximo y por eso José, al que todos llamábamos Beppi, el más fuerte de los nuestros, me expulsó de su «ejército».

-Tu podrás jugar con las niñas, pero con nosotros no – me dijo con la cabeza orgullosamente erguida riéndose con desprecio.

Pero yo no me apené , ni me molestó que mis hermanos obedecieran ciegamente las órdenes de José. No lejos del invernadero descubrí un rincón agradable y allí, en el césped con unas piedrecitas reproducía para mí el juego de los demás. Me gustaba más hacer a mi antojo lo que yo quisiera con mis «soldados» mudos e inofensivos, que ser un soldado raro en el ejército de José, siempre en peligro de que alguien me pegase.

Una tarde, ya bien entrada la primavera, – los naranjos habían florecido y despedían su olor embriagador por todo el jardín, – me sorprendió Visna en mi escondrijo divirtiéndome con mis piedrecitas y flores de naranjo caídas

-¿Qué haces? , me preguntó

-¿Estos son mis soldados! – dije temeroso sabiendo que una sola palabra despectiva sería suficiente para humillarme y herirme cruelmente.

-¿Por qué no juegas con los demás niños? – me preguntó con aquél dulce acento que empleaba siempre que hablaba conmigo.

Era desagradable para mi reconocer que Beppi no me admitía en sus juegos. Por eso dije:

-Es que Beppi es su rey…

Ella sonrió, pero su risa no enturbió mis ilusiones.

-Y tu quisieras ser rey ¿no es así?

Yo me quedé callado. Nunca había pensado en eso. Visna acercó por primera vez ese deseo a mis ensueños.

-¿Querrás jugar conmigo? le pregunté por respuesta- Serás la reina…

-¡Si!- respondió con entusiasmo. Se le iluminaron los ojos con una luz extraña. Me tendió la mano queriendo demostrar que aceptaba y entonces, como si le vieniera algo a la imaginación dijo:

Viaje a las tinieblas

-Antes tienes que adquirir aspecto de realeza: ¡Ven!

Entré con ella en el vestíbulo sin comprender sus intenciones. Pero ella, guardando silencio, comenzó a subir unas anchas escaleras que se perdían en la sombra.. Jamás me había conducido allí arriba.

En mi imaginación empezó a dibujarse la figura de mi tío que desde hacía tiempo no me atormentaba. Pero la escalera estaba vacía y silenciosa.

Arriba, en el corredor estaba todo aún más sombrío y silencioso. Nuestros pasos sonaban a lo largo del pasillo y se perdían tras las puertas cerradas de las estancias, como si se diluyeran en unos lejanos espacios hundidos en la oscuridad. Me parecía que Visna se iba transfigurando a cada paso en ese silencio y oscuridad y que su cara sonrosada cobraba algo del aspecto de mi tío. Sus ojos se velaron con una sombra profunda, desapareció la sonrisa de sus labios y yo sentía que su mano con la que sostenía las puntitas de mis dedos se iba enfriando.

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