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Cuarta entrega del relato El Rey de los Niños del libro Cuentos de la Infancia de Luka Brajnović traducido por él mismo del croata al castellano. En el anterior capítulo dejamos al protagonista, un niño pequeño al que sus compañeros de juegos más mayores han dejado de lado, decidido a convertirse en el rey del patio con la ayuda de su protectora, Visna, que le ha encontrado un disfraz de seda terciopelo y cintas de oro en un arcón de una oscura estancia del palacio de su misterioso tío.

Deseaba que atardeciera y dormirme lo antes posible para acercarme más deprisa al día siguiente. Pero no podía conciliar el sueño. Pensaba en las sedas y las cintas de oro del arcón y en la promesa de Visna.

Cuando por fin me quedé dormido, soñé que estaba sentado en un trono de muchos colores en el invernadero de mi tío y el forzudo Beppi, con la cabeza inclinada, se acercaba con los demás niños para darme fe de su obediencia y lealtad.

De repente, el invernadero se transformaba en una gran sala de mármoles (como las de los dibujos para niños en las que se ven reflejadas en los suelos las columnas, las personas y las cosas). En el fondo estaba yo sentado en un trono más grande y aún más bonito, hecho de piedras preciosas y adornado con telas bordadas de oro, mientras Beppi se transformaba en un verdadero capitán, vestido con ropajes de seda, cubierto con un casco plateado igual que los que solían llevar los bomberos en las grandes solemnidades.

Llegó el momento en que por fin entré en el jardín del tío, vestido con el corpiño rojo y las cintas de oro. Me parecía que mis ropajes brillaban con el sol y todo lo demás quedaba pálido y sin relieve. Los niños habían dejado de jugar y estaban asombrados. Todo el jardín enmudeció mientras yo marcaba el paso orgulloso por el amplio y enlosado camino hacia el pilar del que surgía el agua regocijándome en mi poder y riqueza. Hasta los soldados de Beppi empezaron a rodearme y mirarme maravillados. Palpaban mi corpiño como queriendo asegurarse de que lo que veían era verdad y no un sueño.

El rival

El último que se aproximó fue Beppi, pero no como lo vi en mis sueños. Se plantó ante mi con el ceño fruncido más altivo que nunca.

-¿quién te dio esto?

-Visna.

-¿Por qué te dio precisamente a ti un corpiño tan ridículo?

-¡Me dijo que en este jardín el rey soy yo!

Los niños empezaron a susurrar y me di cuenta de que había acertado con la contestación. Beppi me miraba con enfado. Se acercó aún más con una sonrisa nada amigable.

-¡Quítate esto de encima, mocoso! El que sea más fuerte será el rey. ¡Tu no!

Al decir esto me empujó tan fuerte que me caí al suelo violentamente. Pero en ese instante mi hermano mayor se abalanzó contra Beppi dándole un golpe en el pecho tan fuerte que el chico empezó a tambalearse. Acto seguido mi hermano estaba a mi lado en el suelo. Se movió todo el ejército, golpeaban los sables de madera, los chillidos se levantaban en el patio como si las fieras hubiesen entrado y alrededor de mi había cada vez más derribados.

Beppi se defendía como un hombre maduro y yo le admiraba y reconocía su valor, nunca lo pude ocultar. Pero temía su rabia y sus gritos. Cualquiera sabe cuál hubiera sido el desenlace de aquella batalla si no hubiera aparecido Visna en medio de todo ese jaleo.

La división

-¿Qué ocurre aquí? preguntó ella enfadada intentando separa a Beppi y a mi hermano que aún se estaban peleando.

-Beppi no quiere que yo sea el rey – me quejé

-¿Por qué? Visna tenía en ese momento tal expresión en la cara que creí que soltaría una carcajada, pero en lugar de eso le oí decir:

-¡Yo Quiero que lo sea!.

Entonces Beppi, acalorado por la pelea y el enfado, tiró el sable de madera a sus pies y contestó orgulloso:

-¡Pero yo no!

Y sin mirar a nadie salió corriendo.

Se hizo un silencio desagradable. Oímos el ruido de la puerta de la entrada que se cerró bruscamente detrás de él.

Nadie se había movido. Visna miraba azorada a los chicos como esperando a ver quién de ellos se atrevería a marchar. Pero ninguno eligió a José. Y, poco a poco, a sus ruegos, comenzó a moverse la pequeña tropa y el juego continuó. Por lo visto les gustaban más mi disfraz y los caramelos de Visna que la fuerza y la tozudez de Beppi.

Me ciñeron con el sable de madera desechado, colocaron delante de aquél pilar un tronco de madera para que me sirviera de trono, me sentaron sobre él y otra vez se pusieron a marchar al paso, a cantar a dar voces de mando, a hacer instrucción, sin mi ni mi participación. Tan solo a ratos, al pasar delante de mi me saludaban y gritaban algo y yo entonces blandía el sable. Con esto ya me consideraba contento y feliz. Mi sueño había sido realizado mejor de lo que haiba pensado.

Pero al día siguiente, toda mi dicha se deshizo como la suave neblina de la mañana con el sol. Beppi se había pasado al grupo de los niños del jardín vecino y los instaba a que nos declarasen la guerra. Y Visna precisamente aquella tarde no estaba en casa.

Photo by Valario Davis on Unsplash

 

 

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